Las organizaciones no pierden productividad. Primero pierden capacidad de ejecución.

Cuando una organización empieza a tener dificultades, la explicación suele aparecer rápidamente. Hay problemas de comunicación, falta liderazgo, la motivación bajó, hay que revisar procesos, incorporar herramientas, capacitar al equipo.
Cada problema parece tener su propia explicación, y también su propia solución.
Sin embargo, trabajando con organizaciones bajo presión, empezamos a observar algo que no esperábamos. Equipos muy diferentes terminaban mostrando señales sorprendentemente parecidas.
Las decisiones tardaban más en implementarse, las conversaciones importantes se postergaban. Los mismos problemas reaparecían una y otra vez. Las prioridades dejaban de estar claras. Equipos que sabían qué hacer encontraban cada vez más dificultades para sostenerlo en el tiempo.
Al principio interpretamos esas situaciones como problemas independientes. Pero cuanto más revisábamos distintos casos, más aparecía la misma pregunta.

¿Y si no fueran problemas distintos?

¿Y si fueran distintas manifestaciones de un mismo fenómeno?

Esa pregunta cambió el rumbo de nuestra investigación. Ya no buscábamos comprender por separado la comunicación, el liderazgo o la productividad. Empezábamos a preguntarnos qué tenían en común.
Fue entonces cuando apareció un concepto que, desde ese momento, empezó a ordenar nuestra forma de observar las organizaciones. La capacidad de ejecución.

Porque una organización puede seguir creciendo, puede seguir vendiendo, puede seguir alcanzando resultados. Y, aun así, empezar a perder progresivamente su capacidad para ejecutar con claridad, coordinarse bajo presión y sostener decisiones en el tiempo.

Ese deterioro rara vez ocurre de un día para otro, empieza de manera silenciosa. Las prioridades dejan de estar claras. La coordinación se vuelve más difícil. La presión comienza a influir en cómo las personas piensan, se comunican y responden. Los síntomas aparecen uno por uno. Y, precisamente por eso, muchas veces se interpretan como problemas aislados.

La respuesta habitual es intervenir sobre cada uno por separado. Mejorar la comunicación. Capacitar líderes. Revisar procesos. Incorporar nuevas herramientas.

Muchas de esas intervenciones son valiosas. Sin embargo, nuestra experiencia nos llevó a formular otra hipótesis. Quizás, en muchos casos, esos problemas no sean independientes. Quizás sean distintas manifestaciones de una disminución de la capacidad de ejecución.

Y si eso fuera cierto, la primera pregunta dejaría de ser:
¿Qué problema tenemos?

Para pasar a ser otra.
¿Qué está ocurriendo hoy con la capacidad de ejecución de nuestra organización?

En Eximia esa pregunta cambió nuestra forma de trabajar. Porque antes de pensar cómo intervenir, creemos que primero es necesario comprender qué fenómeno está organizando los problemas visibles. Hoy seguimos investigando esa pregunta. Y cada nueva organización con la que trabajamos nos permite comprender un poco mejor cómo se fortalece —o se deteriora— la capacidad de ejecución cuando aumenta la presión.

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