La mayoría de las organizaciones no se da cuenta de que está perdiendo capacidad de ejecución mientras ocurre. Lo advierte meses después, cuando aparecen los resultados: objetivos que no se cumplen, proyectos que se estancan, equipos que empiezan a desgastarse.

En una publicación anterior propusimos una idea: muchas organizaciones no pierden productividad de un día para otro. Antes empiezan a perder capacidad de ejecución. Pero antes de que ese deterioro sea visible en los resultados, suelen aparecer señales mucho más pequeñas. El problema es que casi siempre se interpretan como hechos aislados, no como parte de un mismo proceso.

Algunas de las más frecuentes son:
• Decisiones que antes se tomaban rápidamente y ahora empiezan a demorarse, sin que nadie sepa muy bien por qué. 
• Prioridades que cambian constantemente, al punto de que los equipos ya no saben en qué enfocarse. 
• Reuniones que terminan en acuerdos, pero rara vez se traducen en acciones concretas. 
• Conversaciones difíciles que todos saben que hay que tener y que siguen postergándose. 
• Tareas que dependen cada vez más de una o dos personas porque nadie más puede resolverlas. 
• Urgencias que aparecen con más frecuencia y empiezan a desplazar lo importante. 
• Trabajo que debe rehacerse porque no quedó bien resuelto la primera vez. 
• Cambios que cuesta sostener en el tiempo, aunque al principio parecían haber funcionado. 

Ninguna de estas situaciones, por sí sola, significa que una organización haya perdido capacidad de ejecución. Pero cuando empiezan a aparecer de manera simultánea, pueden indicar que esa capacidad está comenzando a deteriorarse. El desafío no es detectar cada señal por separado, el desafío es aprender a reconocer cuándo empiezan a formar parte de un mismo proceso.
Porque cuando cada una se analiza de manera aislada, la organización suele responder con soluciones aisladas.
Cuando se observan en conjunto, aparece una pregunta diferente:

¿Qué está ocurriendo con la capacidad de ejecución de la organización?

En Eximia creemos que muchas de las dificultades que aparecen bajo presión comienzan mucho antes de que los resultados las hagan visibles. Por eso, antes de intervenir, creemos que vale la pena aprender a reconocer las primeras señales.
Porque cuando una organización comprende el problema antes de que se vuelva visible en los resultados, también amplía sus posibilidades de intervenir a tiempo.
Reconocer las señales es solo el primer paso. La pregunta siguiente es todavía más desafiante:

¿Por qué dos organizaciones pueden mostrar exactamente las mismas señales y, sin embargo, necesitar intervenciones completamente diferentes?

Esa es la pregunta que empezó a abrir una nueva etapa en nuestra investigación.

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